¿Por qué acabar con la globalización?

Pekín se encuentra en una encrucijada: no debe alterar la estabilidad comercial, pero ello tampoco puede ser tan permisivo con Washington, porque su próximo paso puede ser aún más ambicioso.

Que los EE.UU., cambian las reglas del juego cuando les conviene no es ningún secreto. Que no respeta los tratados que firma tampoco. Que creo el terrorismo yihadista «Brzezinski» y apoyo golpes de estado «Boltón» tampoco, ellos mismos lo confesaron.

Pelosi rompe el acuerdo de 1979 en el que EE.UU. reconoce a una sola China, cuya capital es Pekín, Taiwán es expulsado de Naciones Unidas y se establece que no puede haber visitas oficiales de funcionarios internacionales a la isla, sino únicamente encuentros de carácter privado. Ahora en cambio, la representante estadounidense dice a Taipei: «Queremos que el mundo los reconozca».

Expandió la OTAN hacia el este, rompiendo acuerdos tácitos con Rusia, en esta ocasión el mensaje es el mismo: Washington quiere cambiar las reglas. Ya no le sirve la actual arquitectura mundial, donde era el otro hegemon, y decide replantear el juego más allá de los consensos que daban estabilidad al mundo.

Lo que muy probablemente ha culminado con este viaje y con el conflicto ucraniano es justamente la globalización, tal como la conocimos desde los noventa, y que tanta prosperidad y sensación de triunfo había causado en los EE.UU.

Cuando el secretario general de la ONU, António Guterres, a escasas horas de la llegada de la presidente de la cámara de diputados a Taipéi, dijo que el mundo estaba a «un solo malentendido o error de cálculo de la aniquilación nuclear», hacía referencia a esta arrojada acción vanguardista, casi kamikaze, que ha embravecido a un país con pretensiones de ser la principal potencia comercial del mundo.

Si el proceso de mundialización parecía inexpugnable y apenas amenazado por grupos terroristas, islámicos y algún «extremista» estilo Corea del Norte, resulta que ahora es el propio actor que diseñó la globalización el que ha preferido «romper el juego» y forzar a que se barajen nuevamente las cartas, cueste lo que cueste, en el escenario económico mundial.

Pekín y Moscú intensifican la coordinación en política exterior en medio de las tensiones con EE.UU. En una reunión con el ministro de exteriores ruso, el canciller chino expresó su disposición a fortalecer la cooperación bilateral y destacó el apoyo del Kremlin en relación con Taiwán. Por su parte, Serguéi Lavrov calificó la asociación entre ambas potencias como un pilar para el triunfo del derecho internacional.

Es lógico que Washington rompa este acuerdo con Pekín en torno a Taiwán, que no le sirve para romper la alianza ya no ideológica, aunque sí comercial y geopolítica entre Pekín y Moscú, ambos cada vez más cerca desde que se arrecieran las sanciones de EE.UU. contra sus economías.

En definitiva, Washington patea la mesa geopolítica, a pesar de las dificultades financieras o comerciales, sino justamente a partir de ellas mismas, porque la estabilidad comercial favorece a China, y mantiene un ‘sprint’ de crecimiento que EE.UU. no puede frenar desde la estabilidad y la «sana competencia» comercial que, bien o mal, ha venido imperando desde comienzos de los noventa.

Al corto plazo la jugada de Pelosi parece muy peligrosa y arriesgada por la crisis mundial que se ha acelerado desde la llegada del presidente de EE.UU., Joe Biden, a la Casa Blanca. Pero, al largo plazo, puede ser vista más bien como defensiva porque su objetivo es bloquear el juego de China ante su acelerado crecimiento, que podría sobrepasar en pocos años a la economía estadounidense, es lo que creen. Que ya la ha sobrepasado.

La apuesta de EE.UU. es frenar ese avance antes de que tenga efecto el aumento considerable en presupuesto militar de China, que se disparó como respuesta al conflicto ucraniano.

La reciente Alianza estratégica militar entre Australia, Reino Unido y EE.UU. (Aukus), establecida el año pasado, ya había marcado una nueva cancha, incorporando al primero como país activo en la contienda actual que, con la anunciada fabricación de una flota de submarinos de propulsión nuclear, puede intervenir en el nuevo teatro de operaciones que se expande a todo el Indo-pacífico y especialmente en torno a las rutas comerciales chinas.

Las noticias en toda Europa se centran sobre la energía, el petróleo, alimentación, desabastecimiento generalizado de materias primas, la inflación, etc., pero obvian expresamente el cómo y porque y quienes se están repartiendo en mundo los actores principales. Porque sencillamente los puertos chinos y empresas de contenedores están saturados. A ello hay que añadir que Taiwán. es el principal productor mundial de chips, su bloqueo por mar está en manos chinas sería un desastre mundial en todos los componentes electrónicos en las esferas civil y militar mundiales.

Ahora, comenzaremos a ver la postura de los países que hacen parte de la «Ruta de la Seda 2.0», diseñada por Pekín, y la reacción de Europa, que cada vez funge como aliada automática de EE.UU. pero cuya crisis económica no aguanta más conflictos comerciales. 

A China no le interesa un conflicto en sus fronteras. Tampoco le conviene intensificar la guerra comercial con EE.UU. ni mucho menos involucrarse ahora con un conflicto en Taiwán.

China va a tener que actuar y como no se puede permitir una guerra en sus mares y estrechos, va a tener que presionar financieramente a Taiwán. Sería muy sabio de su parte si se inhibe de caer en la provocación, pero tampoco puede mostrar una debilidad que termine de aupar una reconsideración de Occidente sobre Taipei, cuyo gobierno es apenas reconocido ahora por un puñado de pequeños países y por ninguna potencia mundial.

China es conocida por su sabiduría y paciencia, que ahora más que nunca tendrá que aplicar.

«En respuesta a la visita de Nancy Pelosi, a Taiwán a pesar de la fuerte oposición y de las declaraciones de China, el Ministerio de Asuntos Exteriores anunció el 5 de agosto las siguientes contramedidas», reza el comunicado publicado por el organismo.

Las contramedidas incluyen: 

  • La cancelación de los diálogos entre los líderes militares de EE.UU. y China
  • La suspensión de las reuniones de representantes chinos con el Departamento de Defensa de EE.UU.
  • La suspensión de las conversaciones sobre el mecanismo de seguridad marítima mutuo
  • La suspensión de la colaboración en la esfera de la migración ilegal
  • La suspensión de la colaboración en la esfera de la justicia
  • La suspensión de la colaboración en la esfera de la lucha contra las drogas
  • La suspensión de la colaboración en la esfera de lucha contra la delincuencia internacional
  • La cancelación de las conversaciones sobre el cambio climático

Los cancilleres del G7 y el alto representante de la Unión Europea, Josep Borrell, «reafirmamos nuestro compromiso compartido de mantener el orden internacional basado en reglas, la paz y estabilidad en el estrecho de Taiwán y más allá», indicaron en una declaración conjunta.

El G7 y la UE instan a China a «no cambiar unilateralmente el statu quo en la región por la fuerza» y a resolver las diferencias por medios pacíficos. «Alentamos a todas las partes a mantener la calma, actuar con moderación, con transparencia y mantener líneas abiertas de comunicación para evitar malentendidos». Y resulta que precisamente son los EE.UU., quienes cambian las reglas del juego.

Como se dice en el dominó: «quien va ganando la partida, no rompe el juego».

P.D; César Vidal (@esCesarVidal) twitteó a las 11:36 p. m. on sáb, ago 06, 2022:
La Agenda globalista es una diabólica suma de lo peor del socialismo con lo peor del capitalismo. Las clases medias serán trituradas y sometidas a escasez para que las castas privilegiadas disfruten siguiendo lo que ordena y manda un grupo de unas 150 personas en todo el mundo.